martes, 4 de febrero de 2014

Revistas

Corrientes de ideas, pensamientos ávidos de interlocutor, propuestas: todo ello convive en las revistas de la universidad.

Y en todas ellas personas, hombres y mujeres que buscan, se mueven, se enfrentan a la verdad y las dudas. Un juego, un riesgo, una aventura.

Pensar en soledad y también en grupo. Lo que está en la mente es el ansia de empujar los límites, ir un paso más allá, vencer las barreras.

El miedo de la academia, su demonio, son los saberes que se estratifican. La conformidad, la marea quieta, las idolatrías. Ella quiere siempre otra cosa, poner a prueba, retar, licuar el estado sólido.

Todo ello en medio de la dificultad. Si es un juego lo es por su alta exigencia. La academia no quiere cambiar por cambiar, sabe lo que ha costado llegar a ciertas cimas y por eso las acoge y respeta.

Pero a la vez está destinada a ponerlas a prueba. No hay que olvidar el koan zen: cuando llegues a la cima de una montaña sigue subiendo.

La verdad misma quiere eso. Guarda en su nuez el germen de la inquietud, siendo como es lo menos acomodado que se pueda imaginar.

Es ella la que sirve de acicate a sus pretendientes. Insinúa, se muestra, seduce, se abisma a sí misma y pone a prueba a sus indagadores. Por eso el trato con ella es como un amor que no se reduce a conquistar. 

El amante y la amada se reclaman uno al otro el derecho a ir cada uno por su lado más lejos.

La verdad es un lugar de tránsito, una incitación al salto, un punto de inflexión. En la universidad hay un descontento feliz, nos jalona una insatisfacción alegre y sin pausa. Acá no llegamos nunca, lo nuestro es un viraje perpetuo.

Y las revistas registran ese pulso, ese ritmo, esa intensidad. Por eso no se reducen a mostrar resultados, no son arrogantes sino papeles sensibles a las ondulaciones. Allí se marcan los trazos de nuestros latidos espirituales.

Las revistas son puntos de cruce. En ellas nos topamos unos con otros y cada uno consigo. Las disciplinas se miran en esos espejos pero también escuchan allí la voz de sirena que incita, una respiración provocadora y llena de enigmas.

Por eso resulta tan importante que haya revistas. Es una manera ejemplar de tomarnos en cuenta unos a otros. No concibo académicos que no lean el pensamiento de sus compañeros. Esa sería una negligencia imperdonable.

Todavía recuerdo la felicidad que me produjo la aceptación de un primer artículo mío en una revista. Me sentí acogido, respetado, tomado en cuenta. Presentí que algo mío podía llegar a otras personas y hacer el viaje de la escritura por las provincias de las inteligencias.

Si bien prefiero los libros (qué falla que en la academia se los valore cada vez menos, dicen que no dan casi puntos), quizás por las disciplinas en las que me muevo, o tal vez por la longitud de mi onda espiritual, no dejo de reconocer que las revistas son fascinantes por acoger el pensamiento breve, la erupción de una ocurrencia, el despliegue de un experimento provisional. El libro es más lento, pesado, de largo alcance. El artículo de revista es impulsivo, parcial, ligero. Es un sismógrafo de las intensidades intelectuales.

En las revistas nos vemos, discutimos, disfrutamos los logros de nuestros contemporáneos. La tribu de los pensadores, la familia de los investigadores, el grupo de los audaces exploradores y creadores, se encuentran allí, se escuchan, comparten sus retos.

Creo que hay pocos espacios más acordes a una comunidad académica que las revistas. Eso hay que aprovecharlo, las revistas se esperan como pregones, giros inesperados, anuncios de buenas primicias. 

Las revistas son la alegría de la universidad. Acompañamos la aparición de cada número con fruición y curiosidad amistosa. Nos recuerdan que lo esencial no es competir sino ir juntos, cada uno por su lado, acogiendo los pasos que dan los otros. 

Es bueno saberlo y no dejarse arrastrar por la simpleza de que son meros depósitos de lo ya sabido destinados a hacer puntos. El único punto que importa es el que cada uno traza para que otro lo vuelva una huella.

Sé que hay académicos que toman con desdén lo que sus colegas escriben. Al pensar y actuar así se ignora algo esencial: que apartamos en compañía las mismas tinieblas, que nos cruzamos en las mismas encrucijadas. Y en esos puntos ciegos lo que ayuda es la entereza compartida, la disposición a atenuar con la sed propia la sed ajena.

Importa que nos prestemos atención, una sociedad de conocimiento que agrega a la curiosidad respeto y afecto está no solo destinada al logro de sus objetivos sino a la lucidez que permite vencer los abusos con que nos acosa la patética ley del dinero.



[También publicado en el portal UdeA Noticias]

lunes, 27 de enero de 2014

De persona a persona

Es así como quisiera envejecer, viendo cruzar el mundo en su lenta deriva.

Aprender al fin a decir. Cuestiones cada vez más escuetas. Que no agreguen problemas, que mitiguen los que ya hay.
Una edad personal y discreta. No es justo poner a vivir a otros en el tiempo de uno.

Tal vez proponerles una edad que ni siquiera presientan.
Para envejecer es mejor retraerse. Con discreción, sin decírselo a nadie. Y aprender a callar. Ser amigable con el silencio de lo que a esta hora nos toca.

Envejecer apunta a la responsabilidad. Hay que armonizar la memoria. No ponerse a remendar el fracaso.
Emprender cada día una sola cosa. En el momento en que por fin se puede comprender lo que lleva un día consigo.
No apresurarse ni impacientar. Ni dedicar las horas a vanos balances. Una vida es lo mejor que pudo ser y los tropiezos tienen derecho a pasar.


Envejecer. Dirigirse a unas cuantas personas. Para escucharlas y saber de sus cosas.
Hasta encontrar al que queda entre uno y el miedo.


Escogencia en la que cuente un afecto despierto. Como un viento en la flor más extraña. Y dejarla luego cerrarse en su altivo secreto.


Conviene ejercitar el andar. Entre un paso y otro una detención minuciosa. Caminar con la respiración. Ir por un sendero preferiblemente de piedra.


Envejecer. Un agua serena. Que no se vea casi rodar. Un tiempo noche y día en su cauce secreto.


Dos orillas para recordar. Y saber que algún día tocará atravesar.


Y los libros, leer y escribir. Leer sobre todo. Que escribir sea escuchar una cuantas palabras.


No sé siquiera si ayudarán a cruzar. Envejecer en las palabras. No querer ni intentar alejarse de ellas.


Acaso serán las más improbables. Aquellas que han anochecido con uno. Palabras para mirar. Murmullos para hundirse y volver a salir.


No imagino una vejez en el mutismo. Recelosa. Desconfiada y amarga. Siempre habrá algo que decirse con alguien. La súbita palabra del día dichoso.


Una extraña ternura. Una dejadez. Una sonrisa confiada. Los elementos. El agua y el viento. La tierra y los dedos. Prender un fuego por si alguien quiere acercarse.


Una edad para esperar a alguien. Escribir media página. Algo que merezca decirse de persona a persona.




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martes, 26 de noviembre de 2013

Cancelar

Es de esperar que la universidad esté siempre abierta. Esa es su vocación, a estar abierta está destinada.

Por su razón de ser, por su talante y talentos. La universidad no restringe días ni noches. 

Es como el espíritu, siempre despierta, en ebullición, inquietante e inquieta.

Si a la universidad se la cierra, algo muy grave está pasando. Está ella en peligro, en manos de quién sabe quién y de qué. Ella no debiera conjugar nunca el verbo cancelar.

Llevo cerca de 20 años en la universidad y nunca me había tocado asistir a la conjugación de ese verbo. Eso contraviene la naturaleza de ella y de uno como profesor. 

Lo mismo que atenta contra todos y cada uno de los estudiantes.

Y si, como dicen algunos, no hay más remedio que hacerlo, mínimo aquellos que lo firman y deciden, tendrían que estar preparados para conducir esa acción y enfrentar sus terribles consecuencias.

Cancelar un curso, muchos cursos, un semestre, es sinónimo de perder, anular. Cancelar es abolir y borrar.

¿Qué ha pasado entre tanto? Uno esperaría que estas cancelaciones estuviesen acompañadas de la conciencia de sus efectos. Así como de las medidas que garanticen que lo que nos llevó a este extremo no va a pasar nunca más.

Pero no hay nada de eso. Como si nadie quisiera darse cuenta, como si no doliera, como si pudiéramos vivir en medio de lo que nos cancela.

Si la universidad cancela lo que es su razón de ser, arriesga con suprimirse a sí misma. 

Es lo que siento, lo que temo: esta cancelación, que ahora intenta matizarse retóricamente diciendo que no es total, es una puerta que se cierra.

Para conjugar ese verbo terrible debiera al menos hacerse patente la valentía para reconocer y afrontar responsabilidades. Pero en nuestra universidad el espíritu de autocrítica parece ser una planta que fue algún día arrancada de raíz.

¿Quién está dispuesto a decir el primero: cometí estos y estos errores? Pero nadie lo dice, cada uno se esconde, las responsabilidades se diluyen.

En lugar de esa urgente humildad, hay aquí una arrogancia que no nos deja respirar. 

Cada uno sostiene y defiende como única su propia verdad. La universidad parece tomada por grupos de interés que no parecen dispuestos a ceder en nada.

Qué terrible resulta que el efecto de ese ofuscamiento sea la pérdida del semestre en los pregrados. Los caminos obtusos de nuestra manera de practicar la política nos llevan a esa ofrenda irresponsable: entregamos impunemente un tiempo que no es nuestro, tiramos por la borda recursos que no nos pertenecen. ¡Qué arrogancia tan cara, qué detrimento tan vergonzoso!

Y para asumir responsabilidades nadie dice: esta boca es mía. Ya vienen las vacaciones, llegó diciembre con su alegría y San enero resolverá mágicamente las penas.

¡Mentira! Me temo que no es así, esta cancelación a diestra y siniestra, de la que todos somos responsables, cada uno en alguna medida, nos llevará a cruzar una línea de no retorno. Hacia nuevos cierres y agresiones y diálogos sordos.

Parece mentira que en nuestra universidad no podamos hablar ni entendernos los diversos actores. La universidad, casa de las palabras, se volvió un lugar de sordos, nadie oye a nadie, cada grupo planea, calcula sus estrategias.

¿Quién sufre por eso? ¿A quién afecta este ir y venir de simulacros de diálogo y revanchas y mutuas acusaciones? ¿Quién padece los efectos de esta “revolución continua”? Pues todos, cada uno de los estudiantes y nosotros los profesores y los directivos, quienes también, en su mayoría, son profesores. Pero sobre todo el pueblo, al que decimos defender y al que a la hora de la verdad damos la espalda con peleas que a los ciudadanos les parecen puras pataletas.

Yo creo que se nos espera una labor urgente e inmensa: pensar otra vez lo que hacemos, lo que no hemos hecho bien a lo largo de los años. Es un pensamiento exigente y, a la vez, el más simple: la universidad es un lugar para gozar e inventar y vivir a plenitud la pasión de saber, preguntar, estudiar, investigar. Todo ello en medio de la vida íntegra de los espíritus.

Pero todo parece indicar que aquí el verbo estudiar cayó en desgracia hace tiempos. 

Cada vez se estudia menos y es porque parece que hay cosas más importantes: tal vez cambiar el mundo, hacer la revolución o repartirse cuotas de poder.

¡Qué falta de respeto con la universidad! El saber es un derecho, estudiar es una obligación, aprender es una urgencia. ¿Quién está dispuesto a defender esa causa?

Creo que debemos hacerlo todos y debiera crecer como una ola refrescante una corriente de espíritus dispuestos a defender ese derecho, en nombre nuestro y de los ciudadanos. ¿O es que vamos a seguir quemando el dinero público en paros y diálogos infructuosos y tropeles?

Me ha asombrado hasta qué punto ha llegado la confusión. Nadie sabe lo que pasa, no hay voces sensatas y lúcidas. Cada comunicado agrega perplejidad, cada decisión nos precipita más en el abismo. ¿Dónde quedaron nuestras inteligencias, esas que actúan y piensan al mismo tiempo?

Aquellos de quienes esperamos liderazgo y lucidez se retraen, dicen que no les corresponde. Los órganos de dirección se reúnen pero no aciertan, parece que no hubiera entre nosotros vocación para hablar, convencer, decidir. La universidad es hoy por hoy un barco a la deriva.

Entre tanto, el verbo estudiar ha sido callado a la fuerza. La universidad está quieta, varada, impotente. ¿Quién la va a mover de ese banco de arena?

El verbo estudiar yace mudo, vapuleado hoy por hoy por el verbo cancelar.




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miércoles, 6 de noviembre de 2013

Nuestro tiempo

En la universidad vivimos el tiempo de una manera intensa. Cada día es un acopio de agudas vivencias.


Hay períodos de acumulación, parece que remamos en redondo, que casi no avanzamos. Y de pronto todo se precipita, el ritmo es vertiginoso, damos saltos, giramos, viramos.


Lo que la universidad más teme es quedarse quieta. Que todo en ella se vuelva previsible e inerte. Incluso los calendarios son solo un marco para ella, un punto de referencia. El espacio - tiempo creado y creíble es lo que cuenta.


En realidad nuestro tiempo es todos los segundos. Tenemos la sensación de la urgencia. 


No nos podemos descuidar y si bien se impone a veces la parsimonia no debiéramos 
aceptar los baches, los vacíos, la discontinuidad.


Nos inquieta en grado sumo que de golpe nuestro rumbo se pare. ¿Por qué esa tendencia de tener tiempo para derrochar? No debiéramos pensar que mañana es mejor, nos gusta ya, de inmediato, a cada momento.


El que viene a la universidad se siente inmerso en un torbellino: proyectos, planes de estudio, experimentaciones y también seminarios, y clases y encuentros. El tiempo entre nosotros es un hervidero dichoso.


Por eso duele tanto este marasmo. Es como si de la noche a la mañana encalláramos, un banco de arena nos detiene y atasca. Hay una estupefacción y un desconcierto. Se paraliza todo y nuestro entusiasmo se agobia.


Las almas y los cuerpos nos dolemos, no podemos entender que ante tanta tarea y necesidad aceptemos de modo tan frío quedarnos parados.


No tendríamos derecho a un futuro mejor si nuestro presente no es pleno. A veces nos volvemos memoriosos o anhelantes y dejamos el presente en manos de los saqueadores.


Como si el dios de la universidad mandara tiempo por montones. Cuando en verdad pasa que nuestro tiempo es breve, la inmensidad de nuestras preguntas nos exige gozarnos cada momento, llenar de inteligencia todas las horas.


El tiempo es una fiesta: lento y veloz, pletórico y ensimismado, prefiere el mañana al ayer pero vive hoy, en el hoy, en una actualidad fascinante y diversa.


No nos convence aplazar, decir: la semana próxima, ¿quién dispone de tanto tiempo para rifarlo de ese modo? Tiene que ser ya, es mejor este día, es el único que se nos da y no puede esfumarse.


¿Acaso sabemos lo que se juega entre nosotros? Los estudiantes lo dicen, es el mundo, nuestro mundo, el único. Ese mundo no es de nadie en particular, es de todos y por eso nuestra responsabilidad es inmensa.


Lo que nos espera desespera por nosotros. Hay que ir una y otra vez a las fórmulas, las hipótesis, los lenguajes. Decir y hacer, poner a prueba, comprobar y dudar siempre.


¿Acaso la duda da tiempo? Es algo de todas los momentos, lo único que tiene es instantes, está hecha de un tiempo real, misterioso, inmenso. 


Parecemos tan distraídos que a veces asusta. Como si tuviéramos todo el tiempo y entonces gastamos, alargamos, diferimos. De fuera nos ven y no pueden creerlo, ¿de dónde sacarán estos tanto tiempo?


Entre tanto nos demoramos para reunirnos, como un dromedario y todo se resbala, se dilata, pesadamente se mueve.


Pero qué pasa, el tiempo es un bien colectivo y hay personas que lo administran como si fueran sus atesoradores. Como el aire, el tiempo es de todos. La universidad es un lugar en el que respiramos juntos y nuestro aire es el pensamiento común.


Uno respira en las palabras de otros. ¿Qué aire estamos compartiendo? Ahora parece un aire asfixiado, como si fuera el aire del fin de algo, nos sentimos ahogados.


La inteligencia se atora, expulsada de su medio natural, como un pez en la arena.

Tengo la sensación de un momento de poco aire. Acaso ello obedezca a nuestra holgura de tratar el tiempo como un bien inagotable.


La duración no es un bien natural, un recurso ilimitado. El tiempo se agota si no se lo cuida. Se vuelve infinito si se lo ama, disfruta, conquista. El tiempo que no cultivamos le quita el aire a muchas personas.


Uno espera que nadie aquí se sienta dueño de él. Hay que tener una clara disposición. 


No negarle a los otros y a la universidad el tiempo que le es propio y el aire en el que palpita a sus anchas. 


Directivos, estudiantes y profesores, ¿qué hacemos entonces con nuestro tiempo? ¿Lo seguimos tratando como despilfarradores? Ese tiempo que ahora gastamos tan alegremente se lo quitamos a la gente, que es su verdadera poseedora.


El asunto que tiene hoy entre manos la universidad es simple y llanamente la posibilidad a futuro de su respiración y su aliento.




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miércoles, 30 de octubre de 2013

Hágale

Siento que los muchachos quieren volver a clase. Hay una nostalgia del encuentro, un llamado profundo que viene de las ganas de estudiar.

Uno solo se va marchitando. No hay mejor soledad que la que abre la pregunta de un amigo, la invitación a escribir o leer por parte de un profesor.

Los idearios y causas del momento se fisuran para dejar entrar el aire de la reflexión. 

Sobre todo si se tiene en cuenta que discutir no tiene por qué implicar desistir.

Lo que se entristece es este día a día, un campo medio solo, sin voces ni pasos, sin casi libros hambrientos.

Y entonces ansiamos una frase, una especie de voz colectiva que incite y atraiga las inteligencias.

Estudiar es mejor que muchas cosas, da sosiego, estimula, consuela. Y suele pasar que salimos felices de clase y nos reímos y hay simpatía.

Entonces nos encontramos y creemos y pensamos. Esto es estimulante por aquí y nos animan las hipótesis, los postulados, las indagaciones.

Hoy les dije a los estudiantes: podría ser así el fin del mundo. Habíamos hablado, enfrentando la dificultad de una lectura. Y nos imaginamos que así era como mejor podíamos estar.

Hace unos días fui a una asamblea de estudiantes y un muchacho dijo: compas, estamos aquí porque creemos que es posible un mundo distinto. Y yo pensé, el mejor mundo es éste, él puede hablar y yo oírlo y somos muchos, en un silencio hermoso, pleno como un árbol con frutas.

Ese peso, esa gravidez. Ir madurando juntos, una idea, un sueño, una razón compartida.


La Universidad es un lugar precioso y se puede estar en ella y de pronto nos toma la felicidad. Una dicha pequeña, un encuentro fecundo, un pensamiento sin más.

Cada vez que soy consciente de que puedo escuchar me siento contento y quiero ser oído a mi vez. Hoy en clase me pasó y sentí que nos rodeaba un silencio mayor de edad, un silencio de mil años.

No podemos perder esto, no podemos perder el año. No hay mejor modo de enfrentar lo que nos separa que estando juntos.

‘Hágale’, como dicen ahora los muchachos. Háganle los que están conversando. Si un día sellaron aulas, debiéramos abrirlas todas mañana. Estar ahí en la puerta esperando.

Siempre que voy a clase está alguien esperando. Esté como esté, eso me emociona, me devuelve el semblante, me alegro de verdad y me brindo entero.

Hoy un estudiante me dijo: hace una semana la clase se me fue como nada. El tiempo se aprieta en una palabra y entonces no apremia. Lo sorprende a uno con una eternidad.

Porque hacer academia es burlar a la muerte. No es que ignoremos los riesgos que corremos, queremos correrlos. Y no hay forma más plena del peligro que el saber compartido.

Conocer es ser dos, varios, todos. El conocimiento es muchedumbre. No tiene caso apelar a la inmovilidad. Esa discordia, esa pena, ese marasmo.

Hagamos lo más fácil, volvamos. Estando aquí veremos. Confiemos unos en otros. Aunque no haya motivo.

Si hay una comisión conversando volvamos. Si eso no es lo que aconseja la política, ella no siempre tiene la razón. Este es un tiempo de urgencias, la universidad está arriesgada y así, sin darnos cuenta, la vamos cerrando.

Háganle de una ustedes, no duden ni se demoren, entren. Rector, hágale, asambleas, claustros, comisiones, háganle. Devolvamos entre todos el corazón a la U.

Estoy animado y desanimado. Hoy sentí ganas inmensas de vida compartida. En la universidad estoy en mi estudio, mi techo, mi mesa. Es una casa sin los límites de un territorio en pugna. Abierta, hospitalaria, jovial.

Es una decisión que se toma persona con persona: volvamos ya. Que se abra la U, abramos la U, hagamos la U.




[También publicado en el portal UdeA Noticias]

miércoles, 23 de octubre de 2013

Dejar las palabras tranquilas

Hay palabras que se usan para desaparecer, nos escondemos en ellas y ocultamos el rostro.


Funcionales como pocas y por ello tal vez huidizas, no parece haber personas, una voz recia, monótona, en muchos casos contestataria y hostil.


Puede que las amemos por lo que significó irlas tramando con todas sus letras. Pero las palabras se cansan y empiezan a decir siempre lo mismo, un solo sentido entre tantos rodeos.


A lo mejor cuidar el lenguaje suponga dejar descansar a las palabras, abandonarlas a su suerte, que viajen solas, que se descarguen y aligeren. Quizás vuelvan algún día y digan lo que habían callado con tanto celo.


Es de suponer que las palabras quieran estar solas. Los hombres las llevamos, son nuestro traje en el frío, nuestra respiración en el ahogo, nuestra agua y también nuestra sed.


Le pasa a la universidad que las palabras se le fatigan: movimiento estudiantil, claustro, estamento, texto, discurso. Esas palabras hace tiempo quieren quedarse calladas, resguardarse de tanta contienda.


Qué viajes hacen ellas sin darnos cuenta. Con una vida que no alcanzamos a recalar. 


Lentas, veloces, voladoras. Las hay también subterráneas, aquellas que cavan como un agua terca.


A quién no le ha ocurrido oír una palabra y quedarse perplejo. Alguna vez la había empleado, a lo mejor la pronuncie cada día y sin embargo, de pronto, la oye en otros labios o en el vuelo de alguna página suelta.


Las palabras son el hombre y deshacen al hombre. También nos llaman y se alegran al vernos. Ellas son nuestra libertad y al mismo tiempo no nos sueltan. Dejan de ser nuestro espejo y entonces nos volvemos todo oídos.


Oír una palabra sin posesión, sin apego. Dejarse llevar, ir siguiendo su estela. Las palabras son alas y pasos y aliento. Animan nuestra sangre por ariscos senderos.


Eso nos pasa, comprendemos de pronto que no son instrumentos. Ni dóciles ni serviles, no quieren decir lo que les dictamos. Nos tratan de tú a tú. Las palabras nos llaman, se abren, nos dejan morar a su sombra.


Pero pasa también que nos deleitamos royendo su cáscara hueca. Nos miramos y simulamos entender. No entregamos nada que nos exija más allá de nuestro léxico común, su gastado aderezo.


Sabiendo que hablar es no entenderse primero. Más bien asombrarse con el timbre de una voz que no pide ni ordena.


Las palabras nos piden dejarlas tranquilas. Con voces desapegadas y frágiles. Nada de gritos. Fuera de tonos admonitorios y frases sabihondas. 


Para podernos comprender es menester que oigamos primero. Las mejores palabras son humildes: el llamado y el saludo, la cortesía y la invitación. 


Las ciencias duras tendrían que aprender a saludar, esperar, responder, volver a decir. 


Parecen tan seguras que no dan confianza. Mientras el verdadero conocimiento cavila, tropieza. Qué miedo produce un habla que afirma siempre y nunca vacila.


Nos hace falta un tal vez y a lo mejor y no estoy seguro. Tendríamos que concedernos el derecho al tartamudeo.


Ni qué decir tiene el discurso, la jerga de la política: compañeros, camaradas, militancia, consigna, y la frecuente aridez en los espacios, reuniones, asambleas, claustros, comités, consejos. Cuando en verdad, eso pienso, personas, lo que se dice personas, casi no nos reunimos a hablar con las palabras.


Creo que hay que apelar, a fin de alejar de nosotros la aridez de palabras, al tú a tú, el cultivo directo de un habla discreta. Y a lo mejor, desde ahí, a comunidades dispuestas a decir palabras de manos abiertas.


Una buena manera de dejar tranquilas a las palabras es aprenderse los nombres de las personas: cada uno en su nombre que es la mejor manera de alejar a la muerte. 


Cuidar las palabras para no irse muriendo dentro de ellas.




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jueves, 10 de octubre de 2013

Uno solo de esos muchachos


Bastaría acercarse a uno solo de esos muchachos. Verlo con ojos de la última vez. Y pensar, ahí está, en su silencio de piedra.

Y empezar a llamarlo, con un solo nombre, rojo como un fuego recién segado. Contra esa piedra el nombre chocará y el rostro ausente no brillará nunca más.

Y entonces sentir el terror, la desolación, uno solo de esos muchachos era todo un mundo. Y ha sido roto, en la vecindad de su alero, apagado por el terco metal.

En los baldíos de una ciudad sin alma. Apática y cruel, rabiosa y cansada. Una calle oscurecida por el odio, repleta de obstinación y recelo.

Habría que pensar en uno solo de esos muchachos. Las manos asesinas opacan los ojos, depositan su polvo en cuencas tempranas.

Uno de ellos y la impotencia para hacerlo vivir otra vez, junto a nosotros, su madre y hermana, en la intimidad de un hijo que espera que alguien lo acoja y no encuentra a nadie.

Muchachos encerrados en la oscuridad, sin un sí o un no, sin poder dudar ni respirar su desgracia.

Uno solo debería bastar. Que esa piedra nos llame y repique en nosotros. Muertos tempranos rasgando nuestra frialdad, reclamando a gritos su vida completa.

Un muchacho menos es una puerta sellada. Una forma que se arranca al inventario de dios.

No llegamos a presentir lo que perdemos. Oídos que se apagan sin hallar su propio nombre. Y las palabras anónimas, tristes por tantos cuerpos muertos.

Esos muchachos claman por nosotros y nuestras voces se van extraviando, enloquecen, son un desespero.

Da pena vivir aquí y no sabremos cuánto tiempo tomará restituir por ellos, en su nombre, una justicia que ni siquiera imaginamos. 

Podríamos acaso abrigarlos en el hueco de nuestra voz. Abrir allí una grieta para que pasen tantas almas blancas que llegarían a ser nuestra sal.

Uno solo de esos muchachos, el que guarda su desilusión en parcas palabras. Uno que quiera llegar a viejo, con una sabiduría que le impida morir antes de tiempo.

Cómo llegar a encauzar, siquiera una vez, esa sangre estrujada por la vileza. Y atajarla, detener su caída en el fango o la arena. 

Decirle, estoy contigo, somos los dos o nadie y entonces dios o lo que queda de él se acordará de nosotros y nos dejará pasar.

Al otro lado una pradera, un río estrecho y sosegado en el que el hombre descanse con el hombre en hora callada.

Volver a casa. Hallar el fuego, la cama tibia, la lenta ventana. Quedarse a vivir allí sin la mancha feroz de tanta vileza.

Uno solo de esos muchachos y las ganas intactas de volver a encontrarle.






[También publicado en el portal UdeA Noticias]