miércoles, 5 de marzo de 2014

El dinero me huye

‘No tengo casi cosas, ni celular, ni tableta ni televisión. No me hacen falta para vivir’.

Eso me dice Gregorio Cuartas, pintor, viajero, constructor y restaurador de monasterios.

Me impresiona de él su levedad, ese fascinante desprendimiento. Es una suerte de trashumante sin equipaje, toda su vida se ha movido sin ancla ni pesos.

Su voto parece ser el de la pobreza: pero si en verdad casi nada es necesario. Me dice que alguien lo definió como un pobre con buenos amigos.
Un día, en una casita en la Toscana, tuvo un grave accidente. Se cayó de una escalera y rodó varios metros. Los costos de hospitalización fueron inmensos para sus escasos recursos.
Tiempo después y ya convaleciente alguien se le apareció y le regaló el doble de ese dinero.
Así son las cosas, dice el maestro Gregorio, no se inquieta, no tiene ambiciones, ha rechazado siempre la idea de pintar pensando en vender. ‘El que mucho pinta, mucho vende’. Él pinta más bien poco, pinta lo que quiere, lo que le dicta el corazón. Me dice riendo: ‘Carlos, a mí el dinero me huye’.
En Gregorio Cuartas van de la mano la creación y el vivencia. Pintar es un viaje, se pinta lo que se ve, lo que se ama y consiente. El del pintor es un equipaje exiguo, carga un pequeño maletín en el que lleva sus lápices y una libreta.
Qué bella imagen, me digo, cuán poco común, suele suceder que a los artistas los cerca el éxito y terminan haciendo su obra empujados por él.

Gregorio Cuartas es humilde, sencillo, austero. Me dice con risas: “Suelo ser dejadito” y me cuenta, entre alegre y tímido, que un día en el Grand Palais de París participó en una exposición de artistas extranjeros. Su espacio estaba en un rincón. 



Llegó M. Mitterrand, el presidente de entonces, a la galería, se acercó a su cuadro, lo contempló largamente. Preguntó luego por el pintor y lo buscó allí mismo para felicitarlo.
Él tenía una barba de tres días y sintió un leve pudor, que respondía más bien a la expresión de sus amigos: ‘te eligió el presidente, se fijó en tu cuadro’ cosa que él recibió con un dejo de gratitud desprendida.

Cuál no sería su asombro al enterarse que el señor Mitterrand compró la obra. Le pregunto por el motivo de ese cuadro. Su rostro se ilumina como si lo estuviera viendo. Me dice: es un paisaje como de tardes amarillas y al fondo una construcción, una especie de ínsula. 

La pintura de Gregorio Cuartas rehúye el paso del tiempo. Ama la luz, la transfiguración del día sin sombras. Todo en ella es visibilidad, contorno, nitidez. Me dice que no le gusta ni la ambigüedad ni las zonas inciertas.

La luz es para él un regalo divino. Es por eso que aprecia por encima de todos a Piero de la Francesca. Esa luz le asombra cada vez más, brota de las cosas y de los seres, es una luz natural, terrestre y acaso por eso misteriosamente divina.

Acerca de sus hábitos creadores me dice: no pinto largas jornadas, no me encarnizo ni dramatizo la disciplina. Más bien tengo épocas, cuando algo me interesa surge la fiebre. Vuelvo una y otra vez y allí donde presiento, trabajo apasionado en lo que otros se aburren.

Vive despacio, con un ritmo intenso y voraz. Como pintor es apasionado y negligente, perezoso y febril. En él lo que parece contradictorio se apacigua y amaina.

‘Yo soy lento’ me dice. Se acepta de ese modo y así responde a quienes le dicen que si se aplicara sería aún más notorio. Pero a él no le importa, lo lleva su voz, lo mueve su emoción, comprende y responde a sus altas y bajas.

Los días de un artista son su marea. Ve y se ve, estudia y no deja de intentar comprenderse. Y aún siendo valorado como es, se conserva anónimo. Aspira como Balthus a ser solo instrumento.

Su signo es la apertura. Se presta, se ofrece, se deja llevar por una ola más elevada y sutil: la esquiva belleza a la que sirve con todo su ser. Dice de ella una frase que me estremece: ‘la belleza es una caricia de Dios’.

Siento que le cabe a Gregorio Cuartas el calificativo de pintor de lo sagrado. Esa es su poética: la conexión con lo inefable, el punto de imantación del secreto. Lo espera, le sirve, se dispone. Pero sabe a la vez que no depende de él. 

Ese encuentro, anhelo de todos sus días y noches, puede darse o no y le corresponde al artista prepararse para recibir lo improbable.

Gregorio Cuartas vive hace muchos años en Paris pero no deja de venir a Colombia. Le pregunto qué le mueve a ello. Me responde que el calor, la luz, la entrañable memoria.

Como todo en él, Gregorio Cuartas es un arquitecto autodidacta. En esa condición diseñó y lideró la construcción de dos monasterios benedictinos en las montañas de Guatapé.

Pero si es como un monje, pienso yo, uno de esos ermitaños antiguos o medievales.
A la vez activo, curioso, contemplativo. Un monje que se mueve e inquiere, uno que no se detiene, uno que sabe quedarse quieto.

Me habla de Colombia, de sus viajes recientes: Santander y Valledupar y el Urabá antioqueño. Su actividad es asombrosa, lo llaman los paisajes, los amigos y familiares. Y las voces de la infancia, esa luz que la imaginación cobija y prolonga.

Le pregunto cómo se relaciona con sus cuadros. Me parece que lo cruza una curiosa tristeza. Me dice que es melancólico pero que la pintura se aviene con esa tristeza feliz.

Ama sus cuadros, los conoce, se reconoce en ellos. Me cuenta que un día, hace mucho tiempo, en sus primeros meses de incursión en Europa, andaba de un lado a otro con sus carpetas. Un día las dejó olvidadas por un momento en el techo de un auto. El auto se fue y con él sus dibujos. Inquieto se puso a buscarlos. Encontró uno de ellos en la vitrina de un almacén de arte a pocos metros de allí.

Se emocionó. El administrador le dijo: ‘nos gusta su pintura, el dueño tiene el resto de los dibujos y quiere exponerlos’.

Le tiento al final con esta pregunta: quién quisiera que estuviera aquí con nosotros. 

Sin dudarlo y con una chispa de felicidad, como si imaginara que podíamos pasar de la invocación a la presencia, me dice: querría que viniera Piero de la Francesca, acaso para que me diga que estoy equivocado en lo que pienso y así me encaminara por esa luz suya que cuida los seres.



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martes, 25 de febrero de 2014

Esa es la realidad

Me disponía a hablar con un meditador. Lo había leído pero hablar frente a frente es otra cosa. Tenía curiosidad y pudor y algo de nervios.

Alto, delgado, silueta que al caminar algo se inclina. De inmediato la simpatía, la acogida, la dulzura en el tono. Y de entrada una sonrisa amplia, desprevenida, sin doblez.

No exenta de una cierta malicia. Una sonrisa pura pero no vacía o hueca, por el contrario, llena de una cierta luz, como si me advirtiera, ‘no sabes lo que te espera, acepté pero estoy dispuesto a hablar con libertad, sin callarme nada’.

Pero no amenazante. Más bien una sonrisa cómplice, del que invita a jugar y promete que saldré ileso. Sonrisa de alegría real, satisfecha.

Me detengo en la sonrisa porque es el rasgo que me regaló de entrada, me hubiera bastado con ella, sentí que se me daba ahí completo, que ya lo conocía y me desbordaba. Su magnanimidad, su ser legible, su acento pleno y acorde.

No es común conocer a alguien íntegro. El Padre Hernando Uribe, carmelita descalzo, es así, lleno sin desbordamiento, contenido en su vibración, discreto en su brillo, apacible en su turbulencia.

La proximidad de un místico me perturbaba. Pero su cumplida atención disolvió de golpe las barreras. Lo admiré más pero ya sin devoción ni distancia.

Llegar hasta Monticello, la casa de los Carmelitas descalzos en Medellín, supuso vencer pequeños obstáculos. Las calles de acceso están por estos días cerradas. Para romper el hielo le dije al padre Hernando: no fue fácil llegar hasta aquí. Me sorprendió diciendo: lo de Space, lo de Interbolsa, son dos signos de nuestra idiosincrasia: nos devora la ambición, la codicia, la esclavitud hacia el dinero.

Y me contó que le habían pedido para la conmemoración de los 100 años de la SAI (Sociedad antioqueña de ingenieros) un escrito suyo. Fue por el libro, me dio a leer la página. En ella el Padre Uribe desarrolla esa idea de la idiosincrasia, denuncia el atropello de las construcciones, dice que los cerros del Poblado se convirtieron, por gracia de la voracidad de los constructores, en el tugurio más grande de América latina.

Extraño místico, pensé, entre sorprendido y maravillado. Imaginé encontrar en él un ser desapegado, flotando en su meditación, un poco indiferente a las cosas del mundo. Algo le dije que lo llevó a responder: amo las cosas de este mundo, todas las cosas, lo maravilloso y lo pequeño, todas y cada una de las criaturas.

Por sobre todo el ser humano, complejo, misterioso, contradictorio. Inclinado al bien y al mal, moldeado y desbordado por el amor.

El Padre Hernando Uribe habla con ilación cortante, deslumbrante vivacidad, destellos de inteligencia superior. No se deja llevar por el entusiasmo, no se arrebata de pasión. Su habla es una “llama de amor viva”.

Discurre, piensa, no titubea. Su palabra es tranquila, la lleva su respiración, “casa sosegada”. Hablamos de la bondad, de Dios, de las palabras, don maravilloso e inagotable.

Fija su atención en lo que nos pasa, deja ver su preocupación por el olvido de lo esencial. El vértigo no nos deja ver ni oír ni entender. Me sorprende con este pensamiento: vamos hacia la infancia, cada hombre tiene que llegar al niño que le espera: la luz, la desnudez, el misterio.

Está convencido de la nuez del misterio y del destino del hombre con él. Por momentos me da brega seguirle, me quedo en las palabras que va pronunciando y ya están allí otras, igual de intensas y claras. Pero, de pronto, dejo de preocuparme por eso, cada palabra suya, cada frase, me envuelve, me lleva.

Ya no es asunto de comprender sino de prenderse y me prendo y aprendo y me desprendo y me voy dejando ir, llevado por su sabiduría, su seguridad, su sosiego.

Quizás fue eso lo que se me fue dando: un misterioso sosiego, nada sobrenatural, una serenidad de este mundo, que sale de las cosas de esta vida. La vida, el don de la vida. El Padre Hernando Uribe dice que cada uno llega a su límite completo.

Y pensé: es un místico: elemental, casi simple, mientras habla va desnudando instantes. El tiempo, no el sentimiento de la brevedad ni la caducidad. La eternidad aquí, hecha de las cosas y los seres: miedos, fatigas, esperanzas.

El Padre Hernando Uribe no prescinde de nada, no tiene que negarse ni abandonarse, ni dejarse solo. Está poblado. Habla de Space y de Dios, de la malicia paisa y de la luz, de la bandeja paisa y del alimento espiritual.

Todo con todo, él entre todo, todo en él sin ansiedad ni nostalgia. Es un místico de un instante cualquiera.

Le pregunto por los libros, su escritura y lectura. Me ha sorprendido en sus artículos su trato vivo con los poetas. Él insiste, me dice: Carlos, lo que importan son los hombres, usted es profesor, no olvide nunca eso: el trato, la amistad.

Lo que inquieta es el hombre, terrible, preciosa criatura. Me fascina que me diga Carlos, le agradezco ese gesto y él me dice, el nombre es una ventana para mirar a las otras personas, con discreción pero a la vez con fuerza, como un viento fino y cortante.

Dice que cada uno es llamado por su nombre y que el ruido no deja oír. Dice que ese llamado viene de adentro. Uno se llama a sí mismo, alguien lo llama a uno desde uno. No sabemos quién es pero cada uno tiene ese llamado, esa llama.

Caigo de pronto en cuenta de algo: el Padre Hernando Uribe termina cada párrafo de nuestra conversación con una frase: la realidad es esa. No es una muletilla, pienso. 
Es algo maravilloso, un gesto de devolver la palabra, sin ínfulas ni énfasis

Es como si me dijese, ‘le devuelvo las palabras ahí las tiene, espero no haberlas maltratado’. Pero también: ‘le devuelvo la realidad a la que esas palabras visitan.

Creo que esa es la realidad, espero no haberla deformado, es lo que nos pasa, decimos cosas y la realidad se oscurece’. Pero también: ‘mientras hablamos la realidad va con nosotros, flotamos en ella, estamos juntos ahora, conversar es convivir, intensificar la realidad, estar juntos dentro’.

No podía despedirme de él sin preguntarle por San Juan de la Cruz. Su rostro se ilumina, con palabras un poco más rápidas me dice: es un prodigio, y me habla de la pobreza, la lucidez, la intensidad, la sencillez. Todos ellos dones de un hombre excepcional, uno que fue llamado, alguien que responde por su nombre.

San Juan de la Cruz ha sido para mí el poeta de los poetas. Le digo eso. Y él de pronto, con una naturalidad y una dulzura de fuente, me entrega, me regala unos versos del Cántico espiritual. Su voz se torna más dulce, casi apagada. Es así como debe decirse la poesía, con pobreza, sin elocuencia.

Habitado por esos versos, el Padre Hernando Uribe se muestra como el hombre más sencillo y verdadero que he conocido.

Esos poemas brillaron entre nosotros. Y me sentí feliz y pensé: es un poeta, un místico poeta. Y agradecí el que en esta ciudad de sordos haya hombres así, pensándola desde dentro, apartados y a la vez inmersos, absortos y comprometidos hasta la médula.

Al final el Padre Hernando Uribe me dijo: Carlos, espere aquí un momento. Al rato regresó, me traía regalos: la antología de sus artículos en los periódicos en una hermosa edición de los Carmelitas descalzos, piedras preciosas de gran belleza que he seguido por años y la obra completa de San Juan de la Cruz.



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jueves, 13 de febrero de 2014

Tintiar

A veces hay un silencio delicado en este campus, una serenidad esparcida en el aire que aclara los ojos y desnuda la voz.

En él flotamos, a él nos debemos, es la niebla del pensamiento, la atmósfera delicada de los días de estudio.

Muchachos y muchachas, personas calladas, lentas parsimoniosas. De acá para allá, saben donde van, alguien o algo los espera.

Están abiertas las aulas, activos los laboratorios. Las oficinas de los profes rebosan confianza.

La U tiene las pilas puestas. La biblioteca borbotea. Los libros se frotan esperanzados en los anaqueles.

Hierve también la política, los temas van pasando de boca en boca. Los cambios, los proyectos, las expectativas. Y también los nudos ciegos, los traumas, las amenazas.


Entre tanto yo sigo también mis derivas. Mis Diálogos, la inminencia de mis cursos, mi escritura y lectura. Y las reuniones, gentes que me proponen encuentros. 

Me siento muy a gusto, casi feliz, pletórico diría, aún en medio de esa dulce melancolía que sazona mis días y sombrea mis horas.

Pero así soy yo, me digo, contradictorio, feliz y alicaído, tranquilo e inquieto. Cada uno es como es, dentro y fuera.

En estos días le oí a una maravillosa persona, la maestra María Teresa Uribe de Hincapié, un elogio precioso de la universidad. Ella dice: es el lugar para la igualdad, el aire perfecto para ser uno, otros y uno, otros con uno, todos los otros nosotros. 

Agregó: en la U he sido feliz, es el mejor sitio que se pueda imaginar.

Volví a la U después de esa charla con esa certeza. Se siente en el aire, la U es lo máximo. Y ella, amante de los tintos y el buen cigarrillo, me dijo que los mejores tintos se los ha tomado aquí.

Eso de los tintos en la U es toda una gracia. Punto de convergencia, lugar de encuentro, en el tinto se ventila todo: las dudas, los proyectos, los amores, las diferencias, las desgracias, los temores, las ilusiones.

Se tintea para la amistad y la ciencia, para la alegría y la pena, se sueña lo imposible y se planea sobre lo posible. Tanto que creo que hemos inventado ese verbo y lo hemos llenado de sabor: tintiar.

Tintiemos. Y la U se mueve con esos imanes. Se ven por esos lares los vicerrectores, tintiando ellos también, el Rector tintea parejo en sus reuniones y consejos. Tintean los revolucionarios, los reaccionarios, los mamertos, los nerdos, los iluminados, los obtusos, los buenos y no tan buenos, los comprometidos y los neutros.

Resulta que tintiar nos suaviza, ayuda a entender, disuelve los enconos. El café es fluido, humea las ideas, las deja mezclarse en pleno desvelo.

Con el tinto la gente se demora, se enamora de la U, se dedica a disolver oscuros temores. A lo que más miedo le tiene María Teresa Uribe es al miedo: lo ha estudiado, lo enfrenta, le opone su inagotable clemencia.

Me dice: el miedo es una de las madres de la violencia. Es rechazo, ataque anticipado, asedio y cerco para el miedo de los otros. Nos matamos para apartar el miedo a la muerte.

La universidad debiera inventar formas de vencer el miedo. Si bien él propicia a veces acciones liberadoras, por lo general estruja el alma y paraliza el entendimiento.

María Teresa Uribe me dice, hay que acorralar el miedo si queremos devolver la sangre a su cauce. Todos tenemos miedo, es una hermandad, hay que volverlo lúcido y conciliador.

Convendría desear que cuando nos desesperemos y la crueldad nos asalte y los fantasmas de la agresividad se insinúen, ahí están los tintos sosegados.

Su dulce amargor parece decirnos: lo que un café compartido no resuelva no existe, el tinto es la espesura, la suavidad comprensiva, el aroma dispuesto a envolver la razón.

Los muchos tintos compartidos escriben y guardan las historias de este mundo.

María Teresa Uribe me habla del paraíso que para ella ha sido la universidad y saborea feliz su cigarrillo y de su taza de café se levanta, gozoso, el humo de la realización en su delicada y sabia palabra.



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martes, 4 de febrero de 2014

Revistas

Corrientes de ideas, pensamientos ávidos de interlocutor, propuestas: todo ello convive en las revistas de la universidad.

Y en todas ellas personas, hombres y mujeres que buscan, se mueven, se enfrentan a la verdad y las dudas. Un juego, un riesgo, una aventura.

Pensar en soledad y también en grupo. Lo que está en la mente es el ansia de empujar los límites, ir un paso más allá, vencer las barreras.

El miedo de la academia, su demonio, son los saberes que se estratifican. La conformidad, la marea quieta, las idolatrías. Ella quiere siempre otra cosa, poner a prueba, retar, licuar el estado sólido.

Todo ello en medio de la dificultad. Si es un juego lo es por su alta exigencia. La academia no quiere cambiar por cambiar, sabe lo que ha costado llegar a ciertas cimas y por eso las acoge y respeta.

Pero a la vez está destinada a ponerlas a prueba. No hay que olvidar el koan zen: cuando llegues a la cima de una montaña sigue subiendo.

La verdad misma quiere eso. Guarda en su nuez el germen de la inquietud, siendo como es lo menos acomodado que se pueda imaginar.

Es ella la que sirve de acicate a sus pretendientes. Insinúa, se muestra, seduce, se abisma a sí misma y pone a prueba a sus indagadores. Por eso el trato con ella es como un amor que no se reduce a conquistar. 

El amante y la amada se reclaman uno al otro el derecho a ir cada uno por su lado más lejos.

La verdad es un lugar de tránsito, una incitación al salto, un punto de inflexión. En la universidad hay un descontento feliz, nos jalona una insatisfacción alegre y sin pausa. Acá no llegamos nunca, lo nuestro es un viraje perpetuo.

Y las revistas registran ese pulso, ese ritmo, esa intensidad. Por eso no se reducen a mostrar resultados, no son arrogantes sino papeles sensibles a las ondulaciones. Allí se marcan los trazos de nuestros latidos espirituales.

Las revistas son puntos de cruce. En ellas nos topamos unos con otros y cada uno consigo. Las disciplinas se miran en esos espejos pero también escuchan allí la voz de sirena que incita, una respiración provocadora y llena de enigmas.

Por eso resulta tan importante que haya revistas. Es una manera ejemplar de tomarnos en cuenta unos a otros. No concibo académicos que no lean el pensamiento de sus compañeros. Esa sería una negligencia imperdonable.

Todavía recuerdo la felicidad que me produjo la aceptación de un primer artículo mío en una revista. Me sentí acogido, respetado, tomado en cuenta. Presentí que algo mío podía llegar a otras personas y hacer el viaje de la escritura por las provincias de las inteligencias.

Si bien prefiero los libros (qué falla que en la academia se los valore cada vez menos, dicen que no dan casi puntos), quizás por las disciplinas en las que me muevo, o tal vez por la longitud de mi onda espiritual, no dejo de reconocer que las revistas son fascinantes por acoger el pensamiento breve, la erupción de una ocurrencia, el despliegue de un experimento provisional. El libro es más lento, pesado, de largo alcance. El artículo de revista es impulsivo, parcial, ligero. Es un sismógrafo de las intensidades intelectuales.

En las revistas nos vemos, discutimos, disfrutamos los logros de nuestros contemporáneos. La tribu de los pensadores, la familia de los investigadores, el grupo de los audaces exploradores y creadores, se encuentran allí, se escuchan, comparten sus retos.

Creo que hay pocos espacios más acordes a una comunidad académica que las revistas. Eso hay que aprovecharlo, las revistas se esperan como pregones, giros inesperados, anuncios de buenas primicias. 

Las revistas son la alegría de la universidad. Acompañamos la aparición de cada número con fruición y curiosidad amistosa. Nos recuerdan que lo esencial no es competir sino ir juntos, cada uno por su lado, acogiendo los pasos que dan los otros. 

Es bueno saberlo y no dejarse arrastrar por la simpleza de que son meros depósitos de lo ya sabido destinados a hacer puntos. El único punto que importa es el que cada uno traza para que otro lo vuelva una huella.

Sé que hay académicos que toman con desdén lo que sus colegas escriben. Al pensar y actuar así se ignora algo esencial: que apartamos en compañía las mismas tinieblas, que nos cruzamos en las mismas encrucijadas. Y en esos puntos ciegos lo que ayuda es la entereza compartida, la disposición a atenuar con la sed propia la sed ajena.

Importa que nos prestemos atención, una sociedad de conocimiento que agrega a la curiosidad respeto y afecto está no solo destinada al logro de sus objetivos sino a la lucidez que permite vencer los abusos con que nos acosa la patética ley del dinero.



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lunes, 27 de enero de 2014

De persona a persona

Es así como quisiera envejecer, viendo cruzar el mundo en su lenta deriva.

Aprender al fin a decir. Cuestiones cada vez más escuetas. Que no agreguen problemas, que mitiguen los que ya hay.
Una edad personal y discreta. No es justo poner a vivir a otros en el tiempo de uno.

Tal vez proponerles una edad que ni siquiera presientan.
Para envejecer es mejor retraerse. Con discreción, sin decírselo a nadie. Y aprender a callar. Ser amigable con el silencio de lo que a esta hora nos toca.

Envejecer apunta a la responsabilidad. Hay que armonizar la memoria. No ponerse a remendar el fracaso.
Emprender cada día una sola cosa. En el momento en que por fin se puede comprender lo que lleva un día consigo.
No apresurarse ni impacientar. Ni dedicar las horas a vanos balances. Una vida es lo mejor que pudo ser y los tropiezos tienen derecho a pasar.


Envejecer. Dirigirse a unas cuantas personas. Para escucharlas y saber de sus cosas.
Hasta encontrar al que queda entre uno y el miedo.


Escogencia en la que cuente un afecto despierto. Como un viento en la flor más extraña. Y dejarla luego cerrarse en su altivo secreto.


Conviene ejercitar el andar. Entre un paso y otro una detención minuciosa. Caminar con la respiración. Ir por un sendero preferiblemente de piedra.


Envejecer. Un agua serena. Que no se vea casi rodar. Un tiempo noche y día en su cauce secreto.


Dos orillas para recordar. Y saber que algún día tocará atravesar.


Y los libros, leer y escribir. Leer sobre todo. Que escribir sea escuchar una cuantas palabras.


No sé siquiera si ayudarán a cruzar. Envejecer en las palabras. No querer ni intentar alejarse de ellas.


Acaso serán las más improbables. Aquellas que han anochecido con uno. Palabras para mirar. Murmullos para hundirse y volver a salir.


No imagino una vejez en el mutismo. Recelosa. Desconfiada y amarga. Siempre habrá algo que decirse con alguien. La súbita palabra del día dichoso.


Una extraña ternura. Una dejadez. Una sonrisa confiada. Los elementos. El agua y el viento. La tierra y los dedos. Prender un fuego por si alguien quiere acercarse.


Una edad para esperar a alguien. Escribir media página. Algo que merezca decirse de persona a persona.




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martes, 26 de noviembre de 2013

Cancelar

Es de esperar que la universidad esté siempre abierta. Esa es su vocación, a estar abierta está destinada.

Por su razón de ser, por su talante y talentos. La universidad no restringe días ni noches. 

Es como el espíritu, siempre despierta, en ebullición, inquietante e inquieta.

Si a la universidad se la cierra, algo muy grave está pasando. Está ella en peligro, en manos de quién sabe quién y de qué. Ella no debiera conjugar nunca el verbo cancelar.

Llevo cerca de 20 años en la universidad y nunca me había tocado asistir a la conjugación de ese verbo. Eso contraviene la naturaleza de ella y de uno como profesor. 

Lo mismo que atenta contra todos y cada uno de los estudiantes.

Y si, como dicen algunos, no hay más remedio que hacerlo, mínimo aquellos que lo firman y deciden, tendrían que estar preparados para conducir esa acción y enfrentar sus terribles consecuencias.

Cancelar un curso, muchos cursos, un semestre, es sinónimo de perder, anular. Cancelar es abolir y borrar.

¿Qué ha pasado entre tanto? Uno esperaría que estas cancelaciones estuviesen acompañadas de la conciencia de sus efectos. Así como de las medidas que garanticen que lo que nos llevó a este extremo no va a pasar nunca más.

Pero no hay nada de eso. Como si nadie quisiera darse cuenta, como si no doliera, como si pudiéramos vivir en medio de lo que nos cancela.

Si la universidad cancela lo que es su razón de ser, arriesga con suprimirse a sí misma. 

Es lo que siento, lo que temo: esta cancelación, que ahora intenta matizarse retóricamente diciendo que no es total, es una puerta que se cierra.

Para conjugar ese verbo terrible debiera al menos hacerse patente la valentía para reconocer y afrontar responsabilidades. Pero en nuestra universidad el espíritu de autocrítica parece ser una planta que fue algún día arrancada de raíz.

¿Quién está dispuesto a decir el primero: cometí estos y estos errores? Pero nadie lo dice, cada uno se esconde, las responsabilidades se diluyen.

En lugar de esa urgente humildad, hay aquí una arrogancia que no nos deja respirar. 

Cada uno sostiene y defiende como única su propia verdad. La universidad parece tomada por grupos de interés que no parecen dispuestos a ceder en nada.

Qué terrible resulta que el efecto de ese ofuscamiento sea la pérdida del semestre en los pregrados. Los caminos obtusos de nuestra manera de practicar la política nos llevan a esa ofrenda irresponsable: entregamos impunemente un tiempo que no es nuestro, tiramos por la borda recursos que no nos pertenecen. ¡Qué arrogancia tan cara, qué detrimento tan vergonzoso!

Y para asumir responsabilidades nadie dice: esta boca es mía. Ya vienen las vacaciones, llegó diciembre con su alegría y San enero resolverá mágicamente las penas.

¡Mentira! Me temo que no es así, esta cancelación a diestra y siniestra, de la que todos somos responsables, cada uno en alguna medida, nos llevará a cruzar una línea de no retorno. Hacia nuevos cierres y agresiones y diálogos sordos.

Parece mentira que en nuestra universidad no podamos hablar ni entendernos los diversos actores. La universidad, casa de las palabras, se volvió un lugar de sordos, nadie oye a nadie, cada grupo planea, calcula sus estrategias.

¿Quién sufre por eso? ¿A quién afecta este ir y venir de simulacros de diálogo y revanchas y mutuas acusaciones? ¿Quién padece los efectos de esta “revolución continua”? Pues todos, cada uno de los estudiantes y nosotros los profesores y los directivos, quienes también, en su mayoría, son profesores. Pero sobre todo el pueblo, al que decimos defender y al que a la hora de la verdad damos la espalda con peleas que a los ciudadanos les parecen puras pataletas.

Yo creo que se nos espera una labor urgente e inmensa: pensar otra vez lo que hacemos, lo que no hemos hecho bien a lo largo de los años. Es un pensamiento exigente y, a la vez, el más simple: la universidad es un lugar para gozar e inventar y vivir a plenitud la pasión de saber, preguntar, estudiar, investigar. Todo ello en medio de la vida íntegra de los espíritus.

Pero todo parece indicar que aquí el verbo estudiar cayó en desgracia hace tiempos. 

Cada vez se estudia menos y es porque parece que hay cosas más importantes: tal vez cambiar el mundo, hacer la revolución o repartirse cuotas de poder.

¡Qué falta de respeto con la universidad! El saber es un derecho, estudiar es una obligación, aprender es una urgencia. ¿Quién está dispuesto a defender esa causa?

Creo que debemos hacerlo todos y debiera crecer como una ola refrescante una corriente de espíritus dispuestos a defender ese derecho, en nombre nuestro y de los ciudadanos. ¿O es que vamos a seguir quemando el dinero público en paros y diálogos infructuosos y tropeles?

Me ha asombrado hasta qué punto ha llegado la confusión. Nadie sabe lo que pasa, no hay voces sensatas y lúcidas. Cada comunicado agrega perplejidad, cada decisión nos precipita más en el abismo. ¿Dónde quedaron nuestras inteligencias, esas que actúan y piensan al mismo tiempo?

Aquellos de quienes esperamos liderazgo y lucidez se retraen, dicen que no les corresponde. Los órganos de dirección se reúnen pero no aciertan, parece que no hubiera entre nosotros vocación para hablar, convencer, decidir. La universidad es hoy por hoy un barco a la deriva.

Entre tanto, el verbo estudiar ha sido callado a la fuerza. La universidad está quieta, varada, impotente. ¿Quién la va a mover de ese banco de arena?

El verbo estudiar yace mudo, vapuleado hoy por hoy por el verbo cancelar.




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miércoles, 6 de noviembre de 2013

Nuestro tiempo

En la universidad vivimos el tiempo de una manera intensa. Cada día es un acopio de agudas vivencias.


Hay períodos de acumulación, parece que remamos en redondo, que casi no avanzamos. Y de pronto todo se precipita, el ritmo es vertiginoso, damos saltos, giramos, viramos.


Lo que la universidad más teme es quedarse quieta. Que todo en ella se vuelva previsible e inerte. Incluso los calendarios son solo un marco para ella, un punto de referencia. El espacio - tiempo creado y creíble es lo que cuenta.


En realidad nuestro tiempo es todos los segundos. Tenemos la sensación de la urgencia. 


No nos podemos descuidar y si bien se impone a veces la parsimonia no debiéramos 
aceptar los baches, los vacíos, la discontinuidad.


Nos inquieta en grado sumo que de golpe nuestro rumbo se pare. ¿Por qué esa tendencia de tener tiempo para derrochar? No debiéramos pensar que mañana es mejor, nos gusta ya, de inmediato, a cada momento.


El que viene a la universidad se siente inmerso en un torbellino: proyectos, planes de estudio, experimentaciones y también seminarios, y clases y encuentros. El tiempo entre nosotros es un hervidero dichoso.


Por eso duele tanto este marasmo. Es como si de la noche a la mañana encalláramos, un banco de arena nos detiene y atasca. Hay una estupefacción y un desconcierto. Se paraliza todo y nuestro entusiasmo se agobia.


Las almas y los cuerpos nos dolemos, no podemos entender que ante tanta tarea y necesidad aceptemos de modo tan frío quedarnos parados.


No tendríamos derecho a un futuro mejor si nuestro presente no es pleno. A veces nos volvemos memoriosos o anhelantes y dejamos el presente en manos de los saqueadores.


Como si el dios de la universidad mandara tiempo por montones. Cuando en verdad pasa que nuestro tiempo es breve, la inmensidad de nuestras preguntas nos exige gozarnos cada momento, llenar de inteligencia todas las horas.


El tiempo es una fiesta: lento y veloz, pletórico y ensimismado, prefiere el mañana al ayer pero vive hoy, en el hoy, en una actualidad fascinante y diversa.


No nos convence aplazar, decir: la semana próxima, ¿quién dispone de tanto tiempo para rifarlo de ese modo? Tiene que ser ya, es mejor este día, es el único que se nos da y no puede esfumarse.


¿Acaso sabemos lo que se juega entre nosotros? Los estudiantes lo dicen, es el mundo, nuestro mundo, el único. Ese mundo no es de nadie en particular, es de todos y por eso nuestra responsabilidad es inmensa.


Lo que nos espera desespera por nosotros. Hay que ir una y otra vez a las fórmulas, las hipótesis, los lenguajes. Decir y hacer, poner a prueba, comprobar y dudar siempre.


¿Acaso la duda da tiempo? Es algo de todas los momentos, lo único que tiene es instantes, está hecha de un tiempo real, misterioso, inmenso. 


Parecemos tan distraídos que a veces asusta. Como si tuviéramos todo el tiempo y entonces gastamos, alargamos, diferimos. De fuera nos ven y no pueden creerlo, ¿de dónde sacarán estos tanto tiempo?


Entre tanto nos demoramos para reunirnos, como un dromedario y todo se resbala, se dilata, pesadamente se mueve.


Pero qué pasa, el tiempo es un bien colectivo y hay personas que lo administran como si fueran sus atesoradores. Como el aire, el tiempo es de todos. La universidad es un lugar en el que respiramos juntos y nuestro aire es el pensamiento común.


Uno respira en las palabras de otros. ¿Qué aire estamos compartiendo? Ahora parece un aire asfixiado, como si fuera el aire del fin de algo, nos sentimos ahogados.


La inteligencia se atora, expulsada de su medio natural, como un pez en la arena.

Tengo la sensación de un momento de poco aire. Acaso ello obedezca a nuestra holgura de tratar el tiempo como un bien inagotable.


La duración no es un bien natural, un recurso ilimitado. El tiempo se agota si no se lo cuida. Se vuelve infinito si se lo ama, disfruta, conquista. El tiempo que no cultivamos le quita el aire a muchas personas.


Uno espera que nadie aquí se sienta dueño de él. Hay que tener una clara disposición. 


No negarle a los otros y a la universidad el tiempo que le es propio y el aire en el que palpita a sus anchas. 


Directivos, estudiantes y profesores, ¿qué hacemos entonces con nuestro tiempo? ¿Lo seguimos tratando como despilfarradores? Ese tiempo que ahora gastamos tan alegremente se lo quitamos a la gente, que es su verdadera poseedora.


El asunto que tiene hoy entre manos la universidad es simple y llanamente la posibilidad a futuro de su respiración y su aliento.




[Publicado también en el portal UdeA Noticias]